Lista de Poemas


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Anatomía del abandono

Autor: Katalina Carvajal

Perdonar es un territorio más sencillo
cuando se ha habitado la misma geografía del miedo,
se ha sentido el temblor de la cama vacía
y no se ha aprendido a llamarle hogar a la ausencia.

Es más fácil comprender la traición
cuando uno mismo ha sido un mapa
de tierras baldías,
un corazón que se ofreció como pan partido
y terminó devorado por la propia urgencia,
hasta convertirse en ese animal desesperado
que lame las heridas con la lengua del olvido.

Cuando el amor decide desalojar un cuerpo,
no hay negociación posible.
Ni los ruegos del corazón,
ni los argumentos de la mente
logran frenar esa mudanza inherente.

La puerta se cierra por dentro
y ya no hay código que la abra.
Se va, pero no solo con la frialdad de un extraño,
se lleva consigo cada atisbo de bondad,
deja tras de sí un espejo
donde ya no reconoces tu propio reflejo.

Su compañía fue una resurrección,
y yo, un cadáver que aprendió a latir de nuevo.
Cada célula muerta se estremeció con su aliento,
y mis lugares favoritos se volvieron sagrados
porque allí me sostuvo de la mano.

Ahora empiezo a creer que estoy loca,
por este hueco en el pecho
que tiene la forma exacta de su nombre.
¿Es normal acaso?
Amar con tanta ferocidad
que se sienta desperdiciado,
entregarse tanto, tanto,
hasta que el otro se olvida de amarte.

Yo amé su pésimo humor,
la forma en que se quejaba de mi humildad,
amé sus lágrimas, cada una,
las guardé como un tesoro.
Le di mi infinita empatía en bandeja,
juré, por cada vida que pudiera tener,
arrancarme de las mías
antes que abandonar la suya,
hasta que la muerte nos separe,
esa gran mentira.

Porque amé sin estrategias mentales,
sin medir el combustible
de este motor desbocado,
amé con el corazón herido y sangrante,
amé, a pesar del dolor, amé.

Hay vacíos en mí
que aúllan como pozos sin fondo,
y su eco me expulsa de mi propia piel.
¿Cómo es posible no ser suficiente
con un amor que erige monumentos?
¿Cómo esta paz que me habita
no alcanza para calmar su torbellino?
Y debo tragar mis sollozos,
hacerlos piedra en la garganta
para entender el dialecto de sus lágrimas.

Así es el amor,
no hay ballet posible en dos llantos a la vez,
no hay un abrazo lo bastante grande
para contener dos terremotos a la vez.
Pero le amo, le amo, le amo.
¿Y cómo, si es la brújula,
no logra detener el sangrado de su corazón?

Me duele este abandono,
ese "te amo" que nace arrancado,
ese adiós que se clava como astilla.
Me duele la miserable costumbre de mi piel
después de haberle dado todo mi amor,
hasta que mis manos quedaron vacías,
sin nada más que recomendarle
para que decida quedarse
conmigo, la que le amó
hasta convertirse en cenizas por tanto ardor.

Necesito que me dure toda la vida,
porque mi cuerpo ya no recuerda
cómo andar sin su vivir.
Si tan solo me amara como antes,
pero tengo esta corazonada,
la certeza de que obtuvo lo que buscaba,
y por eso el mundo solo se detuvo para mí.

Temo un día no tener aliento
para decirle que le amo,
porque este corazón es una hoguera,
quema, quema tanto, con tanta furia,
que no entiendo cómo es posible amarle
y ser devorada por el miedo
de su alma en pena abandonándome de nuevo.

Y solo anhelo que mi ausencia le conceda
la paz que este amor mío nunca pudo darle,
aunque era inevitable, amar así
el amarle de esta forma que yo misma elegí.


Sleeping At Last - Already Gone.

Sin título

Autor: Anónimo

Qué estoy haciendo?
Creo me vendría mejor muerto
La magia arruina todos los desbordes del presente
Como una peste que aniquila las praderas

Que asco

Que me lean la mente

No hay nada mejor que hacer?

Entre las infinidades de delirios existentes?

Entre todos los hilos que conforman sus cabellos?

Creo que me vendría mejor muerto

Así sin que nadie me vea viéndote

Dejenme tranquilo mirarles sus presencias

Sin invocar más in situ la sucia magia

Que asco

Qué estoy haciendo?

Donde la selva elige

Autor: Jesus Armando Contreras

Me pregunté por qué este poema no utiliza “palabras hermosas”.
La respuesta es simple: el hambre, el barro y el adiós no tienen sinónimos amables.
“Donde la selva elige” es mi manera de caminar junto a quienes siguen respirando detrás de nosotros, recordando que, aunque el mundo haya seguido sin ellos, sus nombres aún pesan en nuestra memoria.



Salimos sin saber que la selva
también elige.

Salimos porque quedarse
ya no era posible.

Salimos con la casa a cuestas,
en una bolsa de plástico,
con papeles sudados,
con fotos perdidas por el sudor y el agua.

El cuerpo aprendió pronto
el peso del barro hundido hasta los tobillos,
la ropa que no vuelve a secarse,
el idioma del cansancio
cuando los huesos empiezan a negociar.

La noche cayó sin pedir permiso.
Dormimos de pie,
con los ojos abiertos,
con el corazón en la boca,
cuidando lo poco que quedaba.

Hubo pasos que se quedaron atrás:
una mochila abierta,
un adiós que se tragó el mismo barro,
sin tiempo para despedirse.

El río no preguntó edades.
No preguntó promesas.

Tomó primero
a los nombres pequeños,
a los que aún no sabían nadar,
a los que confiaron
en un brazo cansado.

El agua siguió corriendo
como si nada.

Algunas mujeres siguieron andando
con un silencio impuesto,
con la mirada perdida,
con el cuerpo hecho territorio de paso
y las palabras enterradas en el sitio.

Nadie preguntó.
Nadie explicó.

Una madre corrió hasta que entendió
que el grito ya no alcanzaba
a cruzar el agua,
que el río y la selva
habían llegado antes,
que no todo el amor
sabe nadar.

Seguimos.
No por valentía,
sino porque nadie vino a buscarnos.

Seguimos contando pasos,
no cuerpos,
evitando mirar demasiado tiempo
los árboles que parecían tumbas,
la tierra removida a medias,
las cruces sin nombre
hechas con ramas ajenas.

Quedaron cuerpos sin nombre.
Quedaron zapatos solos.
Quedaron familias esperando una llamada
que nunca aprendió el camino.

Países enteros
no supieron
dónde terminó la esperanza.

Algunos nombres
siguen caminando detrás de nosotros.
Pesan.
Respiran.
No saben que murieron.

Nadie les avisó
que el mundo
ya había seguido
sin ellos.

Jesús Armando Contreras.

Las plazas de nadie

Autor: Jesus Armando Contreras

Cruzó la línea una tarde
con su país a la espalda.
Roraima fue la frontera,
la primera madrugada.

Durmió meses en un banco
bajo el cielo de la plaza.
Lavaba autos por comida,
su ropa olía a esperanza.

Dos mudas eran su mundo,
dos camisas maltratadas.
El verano lo quemaba,
el invierno lo calaba.

Mosquitos como agujas
pinchaban su piel desvelada.
La noche llena de ruidos,
la ciudad larga y callada.

La promesa desde el sur
le ofreció nueva esperanza.
—Te espero en la terminal
el domingo en la mañana.

Viajó con fe temblorosa,
con la esperanza en el alma.
Llegó antes de la hora,
con la sonrisa que le salva.

Nadie pronunció su nombre.
Nadie cruzó la explanada.
El día lo encontró solo,
con la promesa quebrada.

Volvió a vender en semáforos,
a recorrer calles largas.
Dormía con un ojo abierto
por miedo a la madrugada.

Hasta que un hombre llegó
y sin razón lo miraba.
—Trae tu currículo mañana,
quizás haya alguna plaza.

No tenía hoja ni tinta,
ni palabras ordenadas.
Una mujer en oficina
le dio en papel su palabra.

Puso en papel su pasado
como quien arma una casa,
y contra todo pronóstico
lo llamaron esa semana.

Preguntó con voz muy baja
cómo llegaba a la fábrica.
Dijo que vivía “cerca”
y el silencio lo cercaba.

Ella ofreció recogerlo
en su auto al alba clara.
A las cinco ya esperaba
con la camisa mojada.

—Llegaste muy temprano,
eso habla bien de tu alma.

Él miró hacia el banco oscuro,
respiró hondo y sin máscara:
—Yo vivo en esa plaza.
Esa plaza es mi morada.

La mujer guardó silencio
como si algo se quebrara.
Y esa misma madrugada
le ofreció techo y su casa.

Desde entonces lleva al pecho
una gratitud callada.
Sabe que el mundo es áspero,
pero a veces abre alas.

Y cuando cruza la plaza
no baja nunca la cara.



Jesús Armando Contreras.