Lista de Poemas


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Un año que no terminó nunca

Autor: Jesús Armando Contreras

Las noches se alargaban
como si el sueño también hubiera huido.
Dormíamos poco.
Respirábamos mal.

Yo estaba ahí.
No como héroe.
No como culpable.
Solo como un hombre
mirando de frente
algo que no sabía cómo nombrar.

El suelo se abrió al error humano.
Los ríos dejaron de ser ríos.
El mar perdió su color
y aprendió el peso del petróleo.

Vi peces subir
desesperados por aire,
como si el agua
ya no supiera sostenerlos.

Vi animales de tierra
buscar refugio en el agua,
empujados por una oscuridad espesa
que no entendía de especies.

El mundo estaba al revés.
Y nadie nos enseñó
cómo mirar eso
sin romperse por dentro.

Yo no fui quien rompió la tierra.
No fui quien abrió la herida.
Pero estuve ahí
cuando el daño ya estaba hecho
y el aire pesaba distinto.

Había un silencio raro,
un silencio que no era paz
sino espera.
Como si todo estuviera mirando
qué haría el hombre
después de fallar.

Durante cuarenta días
pedí perdón.
No por estrategia.
No por discurso.

Pedí perdón
porque ver sufrir a la vida
te vuelve pequeño
y te obliga a hablar con Dios
aunque no sepas cómo.

El verde dejó de ser verde.
Se volvió espeso.
Oscuro.
Como si la noche
hubiera aprendido a crecer
sobre las plantas.

Y yo miraba todo eso
con las manos vacías,
entendiendo
que hay daños
que no gritan
pero no se olvidan.

Con el tiempo entendí
que el desastre no termina
cuando limpian la costa
ni cuando callan las noticias.

Que siempre hay alguien
dispuesto a sacar provecho
del dolor ajeno,
a convertir la herida
en cifra,
en imagen,
en oportunidad.

Y supe,
con una certeza amarga,
que al mundo no lo destruye
solo el error,
sino la indiferencia
que viene después.

Yo seguí ahí.
Cansado.
Con el pecho apretado.

Desde entonces cargo esta memoria
como se carga una oración
que no se dice en voz alta.

No para señalar.
No para condenar.

Sino para recordar
que el orden del mundo
puede romperse
en manos humanas.

Y que cuando eso ocurre,
la naturaleza no pide discursos.

Solo espera
que alguien
no mire hacia otro lado.

Jesús Armando Contreras

Vértigo en polvo

Autor: Anónimo

Me pierdo en la cocaína de la noche,
buscando alivio en un polvo que quema.
Mis manos tiemblan, mi mente huye,
y por un instante todo duele menos.
El alcohol me abraza más fuerte
cuando la soledad me aprieta,
cuando la realidad se deshace
y me dejo caer en su falso abrazo.
Sé que no es amor lo que me envuelve,
sé que es un fuego que me consume,
pero cierro los ojos y por un instante
soy menos dolor, menos miedo, menos yo.
Luego llega la resaca,
el vacío, la culpa, el miedo,
y las sombras me recuerdan
que escapé del dolor solo para encontrarlo después.
Y aun así vuelvo,
buscando una tregua,
un poco de calma en la tormenta
que nunca parece terminar.
Entre polvo, alcohol y humo,
aprendo que la lucha es más dura,
que el dolor no se borra con drogas,
pero por un momento,
por un instante,
me permito no sentir.

Sin título

Autor: Anónimo

Me echaron del infierno.

Ya ni el diablo me recibe.

Me aborrecieron las llamas.

Que enfriaban, y desviven.


Me castigó, tirandome fuera de mi escondite.

Donde me podía ver las manos, sin ser para siempre.

No quería que me vieran, mi reclusión: voluntaria.

Pagandome condenas con horas extraordinarias.


Pareciera ser que eso al diablo no le gustó.

Viéndome en el cobijarme parece que se enojó.

Soledad que todos odian a mi no me molesta.

De doler me duele a mí, más tu mirada que mis cuentas.


Así que ahora vago, pero cerca de la puerta

Esperando que alguien entre y se quede abierta.

Con el miedo que nace al desaparecer certeza.

Miedo a ser el calor, del qué es que quieres que sea.

Sueño húmedo

Autor: Cristián Álvarez Avendaño

Una alfombra suave
de tréboles y alelíes,
recibía tu espalda,
bañada en sudor lujurioso.
La candidez se extinguió;
los montes deseados,
ávidos de conquista,
se ofrecieron rendidos,
al placer extremo.
Un gemido trémulo, telúrico,
recorrió tu anatomía;
afloró la humedad,
extasiada de olores mágicos,
Como un elixir de los Dioses,
Brotó desbordado de éxtasis,
Humedeciendo mis labios,
Por un instante, un segundo,
El paraíso vino a mí, sosegado.
Despierta amor, despierta,
Es hora de volver al trabajo.