Lista de Poemas


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El hombre que se cosió a sí mismo

Autor: Lino Arce Rubilar

Me desperté lentamente,
me sentía mareada,
pero al inspeccionar el lugar
no tenía ni la más mínima idea
de dónde estaba.

Atada de pies y manos
a una camilla,
forcejeé:
la cinta no cedía.

Lo entendí todo
y grité sin querer:
«¡¿Qué quieres de mí?!»

Un hombre me observaba
con ojos fríos,
macabros.

Se acercó con una jeringuilla;
lo último que vi
fueron guantes puestos
y un bisturí en su mano.

Volví en mí,
intenté abrir la boca:
imposible.
No dolía,
pero quería gritar.
El maldito me cosió la boca.

Me desmayé.

Gritos me despertaron,
junto al dolor en la mano.
Abrí los ojos:
una niña de unos trece años
me miró y susurró:
«No quiero morir».

El hombre volvió,
le clavó agujas en las piernas,
tomó el bisturí
y se lo hundió en el estómago.
La dejó morir.

Sabía que yo era la siguiente,
igual o peor.
Solo quedaba
prepararme.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco...
La última puñalada
fue la que menos dolió.

Lo último que vi
fue su sonrisa psicópata.

Aquel día morí,
pero no fue lo peor.

Ahora estoy aquí,
junto a mi cuerpo inerte.

Con el tiempo
me dediqué a enloquecerlo.

Ahora miro su cuerpo inerte
en el mismo lugar
donde él acabó conmigo.

Valiente

Autor: Jesenia Arriagada Parra

Soy valiente,
por dejar atrás las burlas
por soltar las penas,
soy valiente
por volver a creer,
por volver a levantarme.
Mi valentía es hermosa,
me ayuda a escuchar
a ser amiga de la paciencia
mi valentía es hermosa
me da fortaleza
me devolvió a la vida.
Soy valiente,
por salir de un mundo oscuro
del dolor
del miedo
soy valiente,
al dejar la droga
al volver a ser yo

,

Adictos, somos adictos

Autor: Katalina Carvajal

Una mujer desvirtuosa olvida ser digna,
de amor, de una lengua lujosa, de ella misma.
Porque amaba sin tino, descolocadamente,
se entregó al adicto, al ladrón, al demente;
se enamoró del cruel maltratador,
creyendo ser digna de golpes, y enfermó.

Tuvo hijos con quien la desmereció,
la llamaron gitana, por su vida errante;
y su corazón adicto se volvió
a la vida desvirtuosa, delirante,
a la lengua sin educación que nunca zarpó,
a la herida que besa la pérdida constante.

Yo estaba ahí, pequeña y callada,
me comparaban con ella,
con su sombra cansada,
porque mi amigo se drogaba y decían
que de su pena yo también caería,
que me haría adicta a su depresión cruel,
y vendería mi alma al mismo laurel.

Juré jamás volverme adicta,
jamás vender mi corazón,
a un ser con espinas ardiendo en la piel,
que al acariciarme dejara mi sangre
correr por las manos de su posesión.

Yo juré no tener adicciones,
más la vida es la sustancia más fuerte
que he probado jamás en la muerte.
Somos adictos al llanto y al daño,
al pasado, al dolor y al engaño;
somos adictos al corazón desvivido,
a la burla, al fracaso, al ruido.

Y esas razones, lo son,
ponen en riesgo nuestra libertad,
nuestra condición.

Tengo obsesión con el pasado,
he cambiado, he vivido mi vida,
pero humana regreso, en agonía,
a mirar lo que fui, lo que he sanado.
Recuerdo mi pecho apuñalado,
bombardeando sangre, herida encendida,
como todas las veces que amé
sin poder evitar entregar todo de mí,
y sangré hasta creer morir.

Tengo obsesión con las burlas,
a su mordida ya no le temo
pero vuelvo ahí todo el tiempo;
acoso, burla, acoso, veneno.

Una chica insegura acechando su presa,
un chico sediento de poder,
le rinde lealtad a la débil,
haciendo cuanto ella pide, sin retroceder,
acosando, burlándose, acosando
una y otra vez.

Vuelvo ahí todo el tiempo,
aunque nunca quise estar ahí.
No soy yo quien deba temer,
ni sentir vergüenza ante los sucesos,
por mi arte, mi sentir, mi lamento.

Hablo con Paul en la noche estrellada,
vigila mis vicios, mi mente cansada,
le enseño mi arte, toda mi alma
mientras borro mis versos
por miedo al drama,
por miedo a las burlas, al ruido,
a que mis palabras causen malos latidos.

Paul dice que el arte siempre estará,
no puedes evitar que la humanidad lo haga,
pues el arte es necesidad humana,
un fuego que jamás se apaga.

Comienzo a sospechar
que el arte de ellos son las burlas,
y que solo al reírme de ellas
pude entender más que tortura,
comprendí que era arte sin cura,
y que yo estoy hecha para las burlas,
porque inspiro arte al doler.

Paul dijo que sin arte moriremos,
y entendí que ellos intentan sobrevivir,
igual que yo, con arte viví.

Tengo obsesión con el abandono,
la muerte parece dormir a mi lado,
y rezo por la vida de todo ser amado.
Cuando presiento que moriré,
lo que me queda es entregarme al arte,
aunque sea adicta al fracaso,
sé que al final de la noche ganaré.

Porque ella era una mujer desvirtuosa,
vendía pulseras con sus manos preciosas,
y recordé a mi madre, con sus motas,
sus collares de madera, tonos de cafés y de moras.

La vi adicta a la soledad,
y es una adicción que heredé;
más ella escribía sin cesar,
y yo la seguí, no paré de escribir.

Escribí tanto que vencí el pasado,
tanto que reconstruí mi corazón,
tanto que aprendí a burlarme,
tanto que abandoné lo gastado,
tanto que vencí la desolación.
Aunque recaigo, lo admito,
porque soy adicta a la vida,
a su llanto, su caos, su despedida.

Una mujer desvirtuosa olvida ser digna
de amor, de una lengua lujosa, de ella misma.
Y yo estoy aquí, ya adulta,
Paul me dice que soy arte,
artista virtuosa, sin culpa.

Porque amo con locura y con miedo,
me enamoro de la música, de la poesía, del verso,
me enamoro del filósofo y del pensamiento,
porque creo ser digna de la vida entera,
aunque sea adicta a mis dolencias,
sin importar enfermedad o ausencias.

Me llamarán bella poeta,
por mi vida de carta en carta;
mi corazón adicto se volvió
a la vida desvirtuosa de las malas lenguas,
al arte en todo su esplendor.

Ojo en penumbra

Autor: Jacinta Sarralde

Ojo en penumbra
En lo mas profundo de mi alma ajada, el ojo perdido, lagrimas derrama, cosido en penas, con un hilo de nostalgia, aflora entre sombras, semilla de añoranza.
El día se esconde, cuando el se despierta, aferrado a tristezas su mirada se inserta, cosido pero abierto en penumbras esta el ojo, buscando en la oscuridad, un destello rojo.
En cada suspiro, en cada pensamiento, reside el dolor de un amor en tormento, cosidas las heridas, en el rincon del pasado, mientras el ojo perdida, sigue derramando el llanto.
A través de las somoras, busca su escape, intentando encontrar un resquicio de esperanza, pero cosido en penas, parece una condena, un eterno dolor que nunca se desgasta.
El ojo perdido, un recordatorio constante, de todas las penas que un día fueron amantes, cosido pero abierto, sin descanso y sin calma, hasta encontrar la paz y sanar su alma.
En la penumbra, ondea su bandera, un llamado de auxilio, en medio de la hoguera, pero quizás, algún día, la luz se abrirá su paso, y el ojo perdido finalmente encontrara su abrazo.
Así, en su lucha constante y eterna, el ojo perdido se mantiene alerta, cosido en penas pero con fe renovada, esperando el día en el que su sufrimiento se vea recompensado.