Lista de Poemas


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Condenado al olvido

Autor: Katalina Carvajal

Como las golondrinas que saben volver,
él conocía el camino hacia mi querer
pero nunca se posó en mi tejado,
prefirió volar hacia otro prado,
y yo aprendí que el amor no se media en volver,
sino en su corazón decidido a no pertenecer.

Y en cada vuelo que rozaba mi cielo
yo esperaba el batir de sus alas con anhelo,
pero sólo quedaron sombras cruzando la tarde,
así entendí que algunas aves migran con alarde,
no por falta de nido ni consuelo,
sino porque nunca quisieron quedarse,
solo en mis recuerdos.

Como los peces
que reconocen la corriente del río,
él sabía en qué orilla esperar mi rocío
pero jamás buscó el agua donde yo nadaba,
prefirió hundirse en mares que no sentía
y yo aprendí que la ausencia también dolía.

El agua guarda memorias que nadie oye,
cada ola es un latido que nadie recoge,
y yo fui marea contenida
rompiéndome en la orilla de mi propia vida,
porque las emociones, como el río,
siempre buscan un cauce donde hallar su brío.

Tengo miedo de que en su presencia
mi risa tiemble como rama en la corriente,
y que descubra, sin quererlo,
que aún lo nombro en la penumbra silente,
aunque jure al mundo que ya no existe en mí.

He actuado toda mi vida,
con máscaras que me dolían,
he aprendido a ocultar el dolor,
a sonreír cuando quema el corazón,
pero ningún guion ha sido tan cruel
como fingir que no siento este fuego en mi piel.

Y descubrí que mi corazón se ha vuelto un abrigo
para un amor que parece condenado al olvido.

El dolor me preguntaba

Autor: Katalina Carvajal

Confusión, solo siento confusión,
un día todo era risa y canción.
Jugábamos con cartas, reíamos sin medida,
sus risas eran luz que llenaba mi vida.

Sentirlas como hermanas era un tesoro,
aunque nunca lo dije, las guardé con decoro.
Entre palabras dulces y ternura escondida,
eran mi refugio, mi alegría querida.

Pero regresé y el mundo se deshizo,
cada día un pedazo de mi vida se hizo rizo.
Familia que se perdía, muertes que me dolían,
yo solo quería irme, que las penas no me vieran.

Ustedes eran mi espacio cálido y seguro,
mi puerto, mi calma en un mar oscuro.
Las amé tanto que no quise preocuparlas,
solo quería oírlas,
aunque faltaran mis fuerzas para abrazarlas.

Les dije que no podía contar nada,
lloré y solo hubo tensión callada.
Sentí que la hermandad era solo en la luz,
no en la sombra, y me rompí de cruz.

Me excluyeron, hicieron otro grupo distinto,
reían y bromeaban, y yo quedé extinto.
Perdida, sin saber de qué hablaban,
esperando en rincones donde nunca me buscaban.

Pasaban cerca y no me saludaban,
y el dolor me preguntaba por qué me dejaban.
No sé qué hice mal, ni por qué me hirieron,
pero sé que la deshonestidad y malicia
en mí nunca existieron.

No pido perdón por cuidarme,
por distanciarme y buscar amistades mejores,
ni por la curiosidad de quienes me vieron sola
y preguntaron por qué estaba tan dolora.

Jamás ofreceré disculpas por cómo me fui,
yo las amé sin conveniencias, sin influencias, así.
Yo las amé, y no fui amada de igual modo,
pero mi amor fue verdadero, profundo y todo.

Mordida por la nostalgia

Autor: Katalina Carvajal

Duele ser parte de un patrón que siempre hiere,
no es la vida la que me agota,
sino mi reflejo importuno.
Me cansé de mí, no del mundo,
me agoté de ver mi poesía
en labios que se ríen y celebran mis caídas.

Me cansé de cada verso que fue causa de desprecio,
de los que convulsionan de odio y me desean la muerte,
porque haga lo que haga, siempre seré ridícula,
para ojos que miran sin nada de empatía.

Soy el payaso de este circo,
no la marioneta inofensiva,
entre risas escondidas y miradas enfermizas
hay quien envidia mi risa, mi arte, mis brisas,
y sé que no podrían amarme si supieran lo que he vivido.

Él me admira en secreto, y aunque eso a veces consuela,
no es amor si lo oculta cuando la burla se revela.
Porque yo afronto las risas, las miradas de desprecio,
y ni él, ni ellos, soportarían ni un poco de este veneno.

Creí que podría ganarle a su idea mediocre del amor,
pues le habría escrito cartas cada una de sus mañanas
para que supiera que el amor no se mide con venganzas.
Quise oír sus silencios, suspiros, sus sentimientos,
leerle el alma entera, calmar todos sus remordimientos.

Creí domar a su ego con mis dedos en su piel,
que no había razón para herirlo cuando lo amaba tan fiel.
Pero él eligió el silencio, la costumbre, la apariencia,
calló ante su herida, mi herida, nuestras dolencias,
dejó que nos arrastrara la indiferencia.

Fue mi nombre la comedia de una historia entre bastidores,
y él solo cruzó los brazos ante todos mis temores.
Prefirió el amor mediocre que aprendió desde pequeño,
el de la rutina tibia, no el que arde como un sueño.

Yo creía que mi amor ganaría la batalla,
pero la desilusión clavó su mordida sin falla.
Me marcó para siempre, me arrancó la ternura,
y dejó en mi alma una consciente amargura.

Y mientras se ríen de mí, diciendo que exagero,
yo sé que en silencio a él le duele su pecho.
Porque ya no existirá en mí quien lo amó con tal fe,
quien memorizó cada uno de sus miedos
aún cuando no tenía por qué saberlos.

La mordida de la nostalgia es la única que quedó,
pues mientras yo creía que mi amor podría ganar,
sus dientes me marcaron, aunque su amor no quiso dar,
y solo creo que mi esencia pudo hasta aquí perdurar.

Tras todo esto seguiré siendo el payaso de turno,
pero esta vez ya no tan vulnerable al mundo.

Tu voz en el viento

Autor: Katalina Carvajal

Querido mejor amigo,
el cáncer te desvaneció de este mundo,
tu partida envejeció mi corazón desde pequeña
y ahora soy una mujer sabia y diminuta
que se obligó a amar con intensidad
por miedo a sentir que un día sola voy a estar,
por miedo a aceptar que la vida así lo quiso,
lo quiso más que mis ganas de torcerle el final a la trama,
de que nunca te fueras de casa.

Eras una gran persona que libró grandes batallas,
y yo me obligué a seguir tu ejemplo con fe verdadera,
aunque mi ingenuidad aún me vulnera.
Tú eras un diamante para muchos en manos del mundo,
destellando luz en lo más profundo de lo mundano.

Siempre entusiasta, tan aventurero,
pero el mapa cambió el rumbo de tu sendero
dejando un vacío que nada revierte,
pues tu muerte jamás quise creer,
aun si el tiempo robado no iba a volver.

Medianoche, media luna,
y un gato negro bajo tu cuna,
tus ojos empapados de somnolencia
mientras yo a Dios le imploraba clemencia.

Eres tan parte de mí que me arde tu existencia,
mi alma lo sabe, te amé tanto como duele tu ausencia,
te amaré aun después de encontrarme con la muerte
y me acompañaras aunque un día ya no despierte,
porque tu voz en el viento siempre me hizo más fuerte.